Esperanza Spalding es el genio del jazz del siglo XXI

No basta con hacer una lista tras otra. El proyecto Turning the Tables pretende sugerir alternativas al canon tradicional de la música popular, y también hacer algo más que eso: estimular la conversación sobre cómo surgen y perduran las jerarquías. Este año, Turning the Tables considera cómo las mujeres y los artistas no binarios están dando forma a la música en nuestro momento, desde la corriente principal del pop hasta las sinecuras del jazz y la música clásica contemporánea. Nuestra lista de las 200 mejores canciones de mujeres+ ofrece la banda sonora de un nuevo siglo. Esta serie de ensayos asume otra tarea.

Los 25 argumentos que los escritores exponen en estos artículos desafían las definiciones habituales de influencia. Algunos replantean la construcción del legado de los artistas populares; otros celebran a quienes crean dentro de las subculturas y sus innovaciones se extienden a lo largo del tiempo. Como siempre, las mujeres forjan nuevos caminos en el sonido; hoy también hacen olas bajo la superficie de la cultura al enfrentarse, en su música, a la creciente fluidez de la propia “mujer”. ¿Qué es una mujer? Es una pregunta atemporal en la superficie, pero profundamente comprometida con el momento histórico en el que se plantea. Nuestras 25 mujeres músicas más influyentes del siglo XXI iluminan sus complejidades. -Ann Powers

Es posible que los fans del pop de cierta edad solo recuerden a Esperanza Spalding como una aguafiestas, la intrusa que una vez le robó el Grammy a un ídolo adolescente obsesivamente adorado.

El año era 2011. Spalding, que entonces tenía 26 años y era poco conocida fuera de los círculos del jazz, había sido nominada en la codiciada categoría de mejor artista nuevo junto a Drake, Mumford & Sons, Florence + the Machine y Justin Bieber, el evidente favorito de esa noche. Nadie esperaba que ganara, y menos ella misma. Pero la sorpresa fue menor por el vitriolo de los Beliebers despreciados -que hubo muchos- que por ser la primera y única vez que el premio se otorga a alguien que se autoidentifica como artista de jazz.

Es innegable que Spalding ha dejado su impronta en este campo musicalmente conservador y dominado por los hombres. Al mismo tiempo, también ha demostrado su capacidad para actuar sin fronteras, un logro inusual independientemente de su género.

No ha surgido precisamente de la nada. Nacida en Portland (Oregón), Spalding tocó el violín clásico de niña y tocó el bajo en una banda independiente cuando era adolescente. Se graduó en el Berklee College of Music en sólo tres años, convirtiéndose en la instructora más joven de la historia de la escuela, con 20 años. Cuando fue nominada al Grammy, ya había grabado tres álbumes: Junjo (2006), una oferta de originales y estándares; Esperanza (2008), una guirnalda de influencias afrolatinas y brasileñas; y Chamber Music Society (2010), un programa de conciertos bien diseñado con cuerdas. Desde entonces, le han seguido tres más: Radio Music Society (2012), una colección de melodías tarareables, bailables y aptas para la radio que ganó un Grammy al mejor álbum vocal de jazz; Emily’s D+Evolution (2016), un paisaje afrofuturista de composiciones complejas y orientadas al groove; y el inédito Exposure (2017), creado en solo 77 horas mientras se retransmitía por Facebook Live.

Es tentador pensar en Spalding como un prodigio. La baterista, compositora y productora Terri Lyne Carrington, que conoció a Spalding durante esos primeros años en Berklee, prefiere un término diferente: “La llamo genio cada vez que puedo”.

“Si nos remontamos a la historia de la música”, explica Carrington, que está muy versada en la lucha de las mujeres en el jazz, “hay muy pocas personas que tengan todos los logros que tiene Esperanza. Es una bajista virtuosa. Su voz es capaz de hacer acrobacias. Sus composiciones no son fáciles. Sus letras son poesía. Y lo combina todo de forma comercialmente atractiva. Está dando un ejemplo extremo a las mujeres jóvenes en la música”.

Del mismo modo, pocos han atravesado un terreno estilístico tan diverso a una edad tan temprana, una hazaña que Spalding ha logrado a pesar de ser vigilada por los puristas del jazz. En ocasiones, éstos han refunfuñado diciendo que su música es demasiado inmadura o demasiado accesible (léase: demasiado juguetona y demasiado alegre), una postura tan predecible que dice más de la intratabilidad de los críticos que de la música. En el tradicional sistema de aprendizaje del jazz, los “sidemen” se preparan tocando en las bandas de los líderes más experimentados, rangos en los que las mujeres todavía pueden tener dificultades para entrar. Aunque Spalding ha tocado, y sigue haciéndolo, en grupos como el Us Five del querido saxofonista Joe Lovano, ha saltado el esperado pago de cuotas para hacer su propia música. Su actitud de “a la mierda, lo que sea”, resultado de haberse enfrentado a toda una vida de bajas expectativas, le ha servido de mucho.

Al principio de su carrera, me dijo Spalding por teléfono, se la consideraba “una sexy -oye, todavía estoy sexy- mujer morena de etnia indeterminada. Había una novedad que atraía a la gente hacia mí como entidad antes de que el mérito de mi trabajo pudiera hacerse un hueco. Muchas veces la gente no esperaba nada de mí porque era una chica guapa. Y a los de la industria no les importaba cómo tocaba porque veían que era vendible”.

Si Spalding armó su caja de herramientas de músico dominando la música clásica, el jazz y sus contrapartes afro-latinas, llegó a su punto álgido enhebrando esas influencias a través del R&B; que escuchaba en la radio cuando era niña: Sam Cooke; Smokey Robinson; Earth, Wind & Fire. Esa fusión ya era audible en las líneas de bajo funky de Esperanza, pero ha despegado en sus últimos proyectos al entrar en la órbita de los músicos populares negros.

Spalding, una de las favoritas de los Obama, interpretó “Overjoyed” en la Casa Blanca en homenaje a Stevie Wonder en 2009, lo que desencadenó una relación entre ambos artistas. Prince la invitó a tocar, y ella tocó en su tributo al BET Lifetime Achievement Award y fue telonera de su gira en 2011. (Cuando vi el espectáculo, no pude evitar fijarme en Questlove, sentado al final de mi pasillo, con la cabeza moviéndose al ritmo de “I Know You Know” de Spalding). Radio Music Society contó con la participación de Lalah Hathaway; Q-Tip produjo un par de sus temas. Spalding apareció como invitado en el álbum de 2013 de Janelle Monáe, The Electric Lady, y en Unorthodox Jukebox de 2012 de Bruno Mars.

Estos artistas reconocen claramente a Spalding como un compañero de talento. Los beneficios de sus intercambios creativos pueden parecer obvios para quienes no pertenecen al jazz, pero son contrarios a la cultura musical del jazz, a menudo elitista. Llegan en un momento en el que este género tiene la vista puesta en el espejo retrovisor, cuando la mayoría de los artistas jóvenes “intentan sonar como si hubieran llegado a la cima en 1942 o 1957”, dice Carrington.

Spalding, en cambio, tiene más en común con dos de los mejores compositores vivos de jazz: el pianista Herbie Hancock y el saxofonista Wayne Shorter, cofundador de la superbanda Weather Report. (Por cierto, Spalding está escribiendo el libreto de la ópera Iphigenia de Shorter, que se estrenará en 2020). Alumnos del segundo gran quinteto de Miles Davis, los dos hombres fueron pioneros de la fusión a partir de los años setenta, recorriendo caminos que les llevaron al público de la música comercial.

Por ejemplo, “Good Lava”, de Emily’s D+Evolution, exige que “veamos a esta chica bonita, veamos a esta chica bonita fluir”; las guitarras grunge se reflejan en el bajo en configuraciones que cambian de forma, como el Tetris, puntuadas por voces sobregrabadas que hacen saltar los oídos (piense en “Bohemian Rhapsody”). “Judas” sorprende con armonías épicas y variadas unidas por una línea de bajo recurrente. Y, con sus ecos de Joni Mitchell, “Earth to Heaven” salpica un estribillo roto a través de voces, guitarras, bajo y teclados, interrumpiendo melodías serpenteantes. Una culminación del trabajo y las influencias de Spalding hasta la fecha, es el funk en su forma más seria y compositiva.

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