La primera dama del jazz: el centenario del nacimiento de Ella Fitzgerald

Todo comenzó con su voz. Todos los que la escuchaban quedaban inmediatamente fascinados. Sus tonos suaves y cristalinos se balanceaban por los salones de baile, deslizándose hacia arriba y hacia abajo en la escala.

Como intérprete, Ella Fitzgerald combinaba una cierta ingenuidad infantil y un carácter juguetón con el encanto femenino. Con su talento único, conquistó primero al público de Nueva York y después al de todo el mundo. Es una de las mejores cantantes de jazz de todos los tiempos y sigue siendo inmortal.

Humildes comienzos

En aquella época, millones de afroamericanos se trasladaban de las zonas rurales a las grandes ciudades como parte del movimiento de la Gran Migración. La pequeña familia Fitzgerald también se trasladó a Nueva York a principios de los años 20, donde se instaló en el suburbio de Yonkers, cerca de la hermana de Tempie.

Todo empezó muy modestamente, en la ciudad de Newport News, Virginia, donde Ella Jane Fitzgerald nació el 25 de abril de 1917. Su padre abandonó a la familia poco después de su nacimiento, por lo que la madre de Ella, Tempie, la crió sola.

Al parecer, la casa estaba siempre llena de música. La pequeña Ella pronto descubrió su pasión por la música pop, especialmente por Arthur “The Street Singer” Tracy y las Boswell Sisters.

Tempie fomentó el talento musical de Ella con unas cuantas clases de piano, a pesar de no disponer de mucho dinero para pagarlas. Sin embargo, Ella Fitzgerald nunca tuvo una educación musical formal.

La chica de al lado

La joven Ella quería ser bailarina.

A principios de los años 30, ella y sus amigas observaban a los artistas callejeros de Harlem. Las chicas también descubrían a los músicos negros más populares que tocaban en los clubes más grandes durante el fin de semana. Entre semana, estas salas de conciertos, como el Apollo Theater y el Harlem Opera House, invitaban a los aficionados a subir al escenario. Durante esas noches de aficionados, los músicos, cantantes y bailarines podían competir por el favor del público y ganar dinero en premios, además de la esperanza de ser descubiertos algún día.

Ella también soñaba con esto cuando se inscribió para participar en una de esas noches de aficionados como bailarina. Era todo un riesgo para la tímida chica, ya que el público no dudaba en abuchear una actuación que no le gustaba.

Cuando se levantó el telón para su número, se quedó paralizada por el miedo escénico. No podía bailar y tenía las rodillas como un flan. El público estaba cada vez más inquieto y Ella decidió espontáneamente cantar una canción de las Boswell Sisters. Cuando la orquesta empezó a acompañarla, se sintió cada vez más segura de sí misma y terminó la canción con el aplauso entusiasta del público.

La joven Ella Fitzgerald de 16 años había encontrado su destino.

Primeros pasos

A partir de entonces, participó con regularidad en esas noches de aficionados y empezó a llamar la atención de gente de la industria musical.

Una noche le ofrecieron la oportunidad de cantar para el baterista Chick Webb. Al principio tuvo que convencerlo, porque no quería una cantante en su banda. Sin embargo, Webb quedó tan impresionado por la voz de Ella que la contrató. Rápidamente se convirtió en su mentor; cuando la madre de Ella murió repentinamente, él se hizo cargo de la tutela de la cantante, aún menor de edad.

Webb fue introduciendo progresivamente a su protegida en el mundo de la música, pues sabía que el éxito repentino podía olvidarse con la misma rapidez. Al principio, restringió su repertorio a canciones pop. En marzo de 1936, Ella demostró que era capaz de más cuando sustituyó a la ya exitosa Billie Holiday para grabar una balada con Teddy Wilson. A partir de entonces, su mentor accedió a dejarla cantar también baladas.

Convertirse en un icono del jazz

Cuando Chick Webb murió en 1939, Ella Fitzgerald asumió la dirección de su orquesta durante un tiempo. A continuación, comenzó su carrera en solitario en 1941. Durante la Segunda Guerra Mundial, grabó con varios músicos, entre ellos los Ink Spots.

Su carrera no despegó realmente hasta después de la guerra. En 1951, tuvo la oportunidad de grabar con su gran ídolo Louis Armstrong, y su colaboración con uno de los iniciadores del bebop, Dizzie Gillespie, tuvo un gran éxito.

En los años 50, encontró un nuevo mentor y apoyo: Norman Granz, el fundador de la famosa serie de conciertos Jazz at the Philharmonic. Se convirtió en su representante y fundó el sello discográfico Verve especialmente para Ella.

Una leyenda viva

En los años setenta y ochenta, la popularidad de la anciana diva era tan fuerte como siempre y le llovían los premios y honores. Los fans también redescubrieron sus primeros trabajos a través de nuevas reediciones.

Sin embargo, los problemas de salud le impusieron fases de recuperación más largas en sus giras, que por otra parte estaban muy programadas. Incluso una operación de bypass en 1986 no pudo mantenerla alejada de los escenarios durante mucho tiempo: El amor de sus fans era como una medicina, dijo una vez.

Dio su último concierto en Nueva York en 1991, en la ciudad donde empezó todo. El 15 de junio de 1996, Ella Fitzgerald murió a los 79 años en su casa de Beverly Hills.

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