Mose Allison: adiós a un maestro del blues y del jazz satírico

Cuando tenía 16 años, me debatía entre intentar aprender a tocar la guitarra como Hank Marvin de los Shadows o la maravilla del bebop de Indianápolis, Wes Montgomery. Mi colega Dave y yo solíamos tocar a trompicones temas de Montgomery en un par de semiacústicos estropeados, y después de media hora más o menos, en la que incluso nos aburríamos, poníamos LPs de jazz en su lugar: los álbumes de Montgomery para el sello Riverside, Kind of Blue de Miles Davis o Porgy and Bess o Sketches of Spain, con una buena parte de los bellos matices orquestales de Gil Evans extirpados por las deficiencias del tocadiscos Dansette. Todos los que escuchábamos eran puramente instrumentistas, excepto Mose Allison.

Al principio pensé que Dave había defraudado al comprar un disco en el que cantaba, pero Mose hacía cosas que yo no sabía que hacían los cantantes. Sus letras eran poéticas, inteligentes, satíricas y, sobre todo, no parecían versar sobre el amor. Su peculiar forma de tocar el piano era jazzística, pero con una extraña inflexión, como si lo hubiera aprendido como un segundo idioma. Parecía entender el bebop (oí, con fascinación, que había sido acompañante de la estrella del saxofón del cool-jazz Stan Getz), pero estaba profundamente arraigado en la terrenalidad del blues. Era un chico blanco en casa y aceptado en un mundo musical afroamericano, tal como queríamos ser nosotros. Podía escribir maravillosas poesías irónicas, así como el tipo de descalificaciones que uno soñaba en vano con poder soltar en presencia de un listillo.

Más de tres décadas más tarde, en los años 90, cuando empecé a escucharle regularmente en directo en lo que se convirtió en sus viajes semestrales al Pizza Express Jazz Club del Soho, en Londres, fue maravilloso escuchar cómo se mantenía la vieja mordacidad y el realismo poco sentimental, que seguía produciendo material nuevo y que su ingenio como improvisador de piano se había ampliado, si acaso. A sus 70 años, delgado, sabio y con barba gris, llegaba al escenario como si estuviera de paso a una cita más urgente en otro lugar, arrojaba su chaqueta sobre la tapa del piano y repasaba las canciones clásicas a toda velocidad, las vaciaba y seguía adelante como si estuviera dejando los envases vacíos en un bar. No hablaba mucho ni contaba anécdotas sobre lo que debió de ser una vida fascinante, prefiriendo esbozar las biografías y atribuir la importancia de los artistas sureños de country y blues, famosos o desconocidos, cuya obra solía repasar. Y tocaba mucho el piano, mezclando surcos insistentes y boogies con florituras y rellenos inesperadamente adornados, sin dejar nunca que un punteo de acordes subyacente y duro se quedara quieto por mucho tiempo.

Las eternas letras de Allison – “Desde que se acabó el mundo, ya no salgo tanto”, “Tu mente está de vacaciones pero tu boca trabaja horas extras” y “Sabes que si el silencio fuera de oro, no podrías recaudar ni un centavo”- nunca perdieron su cáustico encanto, y a medida que la edad de muchos de sus fans avanzaba junto con él, también era gratificante verle girar su bisturí sobre lo que puede ser la vida de un ciudadano mayor. “El joven es el hombre del momento, 35 años de poder adquisitivo”, soltaba el octogenario Allison, por encima de un vampiro de piano rocoso y unas réplicas brillantes que sonaban como si él mismo tuviera todavía 35 años, terminando Old Man Blues con la acusación: “Un viejo no es nada en los Estados Unidos”. En esta nueva era política, le echaremos aún más de menos.

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